“Recuerda que tu eres mis ojos” son unas de las últimas palabras que me dijo mi papá antes de despedirse de mí en el aeropuerto.
Minutos después me subí al avión con destino a París, Francia para estudiar al extranjero. Un vuelo de 11 horas me dio suficiente tiempo para pensar. Por primera vez en mi vida viajaba sola, sin mi familia, con destino a un país donde no conocía a nadie ni el idioma. Estaba sintiendo tantas emociones al mismo tiempo. Sentía miedo e incertidumbre, pero más que nada estaba feliz y emocionada de la nueva aventura que me esperaba.
Los primeros días no parecían realidad, me sentía como que estaba en un sueño. Pero después de unas semanas, después de toda la emoción empecé a extrañar mi familia, mi hogar y la vida que dejé atrás en los Estados Unidos.
Mientras más hablaba con mi familia más los extrañaba. Los meses se sentían eternos hasta que un día hable con mi papá y gracias a sus palabras y sabiduría ese miedo se convirtió en poder. El poder de seguir echándole ganas a mis estudios y cumplir mis metas. Porque gracias a sus esfuerzos y sacrificios ese sueño de ver la torre Eiffel brillar, entre muchas otras cosas se me hizo realidad y yo tenía que aprovecharlo al máximo.
Hace más de 25 años mis padres emigraron de México a los Estados Unidos, no para estudiar al extranjero si no para comenzar una vida nueva sin poder regresar a casa. Si ellos pudieron navegar un país donde no hablaban ni entendían el idioma, solos y sin dinero yo podía hacer eso y mucho más porque mis circunstancias eran completamente diferentes y yo tengo el privilegio de volver a mi tierra natal para poder estar con ellos.
Esas últimas palabras de mi papá en el aeropuerto tienen un gran significado para mí porque sé que soy sus ojos. Yo tengo la oportunidad de recorrer bellos paisajes y conocer diferentes culturas que quizás él no tenga la oportunidad de ver en esta vida.
Hoy en día he visitado 11 países a través del continente europeo.
Lo que puedo ver es gracias a él.