Un día venía por la calle una chica joven, de catorce, quince años. No podía ver por donde iba.
Aunque tenía dos ojitos y su salud en condición perfecta, no podía ver. De repente, se dio cuenta de donde estaba. Puso la mano entre dos paredes de concreto, por cualquier razón se sentía enlazada con esa pared.
Le paso una memoria por la mente. Se había acordado cuando un día durante su visita anual, a México, su papá la llevaba de la mano al mercado por esa misma calle donde se sentía tan familiarizada. El día era hermoso. El clima soleado, y se veían las flores por cada calle que atraían colibrí, mariposas y abejas. Estaba fascinada con el paisaje porque le encantaba estar en México.
Al andando asea el mercado donde siempre iban, le pidió a su papa que si le compraba una nieve con el señor que tenía un puesto enfrente del mercado. Le bromeó su papa con una voz muy suave “¿Tienes dinero?” — “No”, le respondió la niña con su voz bajita y carita desilusionada. “Pues portate bien en el mercado, y lo pienso” le comento el padre. De nuevo la sonrisa le regreso a su carita inocente.
Entraron al mercado y saco la lista que había preparado con la ayuda de su mamá. Siguieron por los pasillos de frutas, verduras, especies y… juguetes. La niña corrio asea la maravilla de juguetes. Cuando llego, no podía resistir saltarse arriba de la caja donde se contenían las pelotas de aire.
Como se podía esperar, la caja se deshizo y por todos lados se cayeron las pelotas.
Como podía predecir cualquiera, el papá de la niña se molesto. No se enojó pero por la expresión que tenía en la cara, supo la niña que su nieve que la había pedido a su papá hoy, no tenía posibilidad de ser una realidad. Efectivamente, el papá le llamo la atención a un empleado de la tienda para que pudiera limpiar el tiradero y luego siguieron de compras.
Cuando ya acabaron su viaje de compras en el mercado, salieron a donde estaba el paletero. La niña le agarró la mano a su papá y le suplicó que le comprara una nieve. Como le pudo decir que no, aunque no se portó muy bien. Cruzaron la calle y en seguida llegaron con el paletero. La niña se apoyó contra dos paredes paralelas pero ni legaban a una calle o nada. Siendo una niña de curiosidad infinita, metió la manita y se sentía un hoyo pequeño. Metió el dedo dentro del agujerito en la pared y luego sintió un dolor agudo. Saco la mano en ese momento y se dio cuenta que le había picado una araña. Al enterarse, soltó un grito a los cielos y empezó a llorar como nunca lo había hecho antes. Le tenía un pavor a las arañas. Inmediatamente, su papá fue a consolarla, e investigar que había pasado. Sus ojos llorosos, la niña le hechó vista a su papá, pero no era su papá. Tenía la voz de su papá, también el cuerpo, pero la cara de araña. Cerro sus ojos y hechó otro grito, pero ni un ruido le salía, no se podía mover y tampoco podía abrir los ojos.
Con su respiración pesada, al fin pudo abrir los ojos. Era todo una pesadilla sobre una de sus recuerdos más horrorosos.
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